Hay bastantes entradas como borrador, y varios links no funcionan. Se solucionará a ritmo semanal, y habrá entradas luego del tiempo de descanso que tomé. Saludos!

6 feb. 2011

Profesor Particular (Sep 1953)- Juan Fernández

La gorda señora abrió la puerta decorada con las palabras: “Agencia de Empleados Particulares – Gerente General”, y entró a la lujosa oficina. El gerente se incorporó para recibirla con una elegante inclinación de su bien trajeado cuerpo, y con una mano recientemente manicurada le indicó un sillón autoanatómico:
-A sus órdenes, señora.- Dijo en inglés, con ligero acento castellano.
-Lamento molestarlo, señor gerente.- Contestó la señora mirando con aprobación sus apuestas facciones. El sillón, mientras tanto, se ajustaba con dificultad a su obesa espalda y adyacencias hasta darle el máximo de comodidad- La empleada que me atendió dijo que no sabía contestarme y que hablara yo con usted. ¿Es ella un... robot?
Esto último fue añadido con una ligera mueca de desagrado.
-En efecto, señora; todo nuestro personal de ventas está formado por robots clase B. Por eso un caso fuera de lo común, como el suyo, ya no está al alcance de sus limitados electrocerebros.
-Pero, ¿Qué tiene de extraño mi caso?- Protestó la señora- Sólo busco un buen profesor de castellano para mi hijo, pues mi esposo espera quedarse muchos años en la República de Sudamérica como embajador.
El gerente se pasó la mano por el mentón, antes de responder.
-Es que aquí, señora, uno aprende un idioma en quince días...
-¿De veras?- Interrumpió ella- ¡Con razón dicen que Sudamérica es un país tan adelantado! Pero eso no es inconveniente, al contrario...
-No me he explicado bien. Un sudamericano puede aprender, por ejemplo, inglés en quince días porque ya tiene una larga educación lingüística general: semántica, filología, sintaxis; y eso, unido a una sólida base de antropología, historia y epistemología, facilita mucho el aprendizaje. Su hijo, en cambio, es un caso especial...
La esposa del embajador soportó impávida esa explicación que le sonaba a griego; pero la alusión a la ignorancia de su hijo le hizo contestar:
-Será como usted dice. Pero alguno de sus supergenios será capaz de enseñarle castellano a mi hijo por los métodos antiguos, ¿No? Especialmente con el sueldo que estoy dispuesta a pagar.
-¡No puede ser, señora, lo siento muchísimo! ¿No sabía usted que en Sudamérica se ha abolido hace muchos años la servidumbre humana? ¡Para eso están los robots! Tenemos que construir un robot especial para su hijo.
-¿Un robot?- Repitió ella con el tono de quien no piensa soportar una broma estúpida- ¿Y quiere usted hacerme creer que una máquina puede enseñarle castellano a mi hijo?
-¿Por qué no, señora? La empleada que la atendió antes es un robot, y solo se dio cuenta usted porque la habían prevenido seguramente. En Sudamérica se fabrican robots para todo servicio: mucamas, cocineros, jardineros... Sólo se nota que no son humanos si se les habla de cuestiones fuera de su especialidad, o...
-¿O qué?- Preguntó la señora.
-O si se los ve en el momento de alimentarse- Contestó el gerente de mala gana y ruborizándose levemente.
-¿Sí? ¿Por qué? ¿Cómo se alimentan los robots? Nunca se me ocurrió que tuvieran necesidad.
-De alguna manera tienen que reponer la energía que gastan trabajando, señora. En vez de estómago tienen un motorcito atómico que funciona con hierro 62. Este hierro viene en píldoras que los robots toman por...
-¿...la boca?- Completo automáticamente la señora.
-No; por el ombligo. Es un camino mucho más corto, y que al hombre también le sirve para ese objetivo antes del nacimiento...
La esposa del embajador se despegó del sillón virtuosamente indignada.
-¡Qué osadía! ¿Dónde se ha visto hablar de semejantes temas ante una dama? ¡Usted no es un caballero!
-No, señora- Admitió el gerente.
-Ella cruzó la oficina, y desde la puerta se despidió con otra andanada.
-Y, además, ¡No crea que me ha engañado con su historia de robots profesores de idiomas! Ustedes los sudamericanos no piensan más que en deslumbrar a los extranjeros con mentiras, pero yo los conozco bien. ¡Cómo si una máquina pudiese conversar inteligentemente con un humano!
Y se fue con un intento de portazo, malogrado por el freno de la puerta.
El gerente se encogió de hombros filosóficamente mientras sacaba una pastilla de una caja marcada: “Fe 62”.
-No me dio tiempo de explicarle cómo son los robots clase A- Murmuró.
Y desabrochándose la camisa a la altura del ombligo introdujo por allí la pastillita, empujándola delicadamente con el meñique.

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